Me
impulsaba a tener pensamientos filosóficos. ¿Por qué me resultaba
reconocible a mí, un muchacho judío, la escala de números de la
radio nazi? Porque los números eran inmutables. Su orden era fijo,
universalmente cierto. Incluso los nazis tenían que plegarse a
ellos. Bueno, si los números eran los mismos para todo el mundo en
cualquier lugar del universo, ¿no significaba eso que tenían que
haber sido colocados en nuestros cerebros por Dios? Y si era así,
¿por qué, sino para enseñarle a todo el mundo la naturaleza de la
verdad? Era cierto, por ejemplo, que dos más dos de cualquier cosa
eran cuatro. Tanto daba lo que les aplicaras; los números, al ser
de manera fija y eterna lo que eran y nada más, encarnaban la verdad
![]() |
Ilustración de Marzala Surface Pattern Design |
En
este blog nos gusta estar moderadamente cercanos a la actualidad. El
pasado 21 de julio fallecía E.L. Doctorow; sirva esta humilde
entrada como homenaje y recomendación literaria. Lo cierto es que el
argumento del texto me convence. Esa es la atracción que ejerce el
estudio de las matemáticas para muchas mentes proclives y,
paradójicamente, también el fundamento del rechazo, repulsión o
directamente acojone que provoca en otras gentes