Era como la formación del diamante, según él mismo me había contado, comprimiendo carbón a una enorme presión hasta formar el más bello y puro cristal de mil millones de facetas en las que se reflejara cada una de las cosas del universo.

No sé muy bien por qué he ido cayendo en la inercia de leer libros de César Aira este verano. Son muchos los que ha escrito y por tanto hay cierta irregularidad en la calidad de los mismos. Su paisano Ricardo Piglia, a cuento del carácter prolífico del autor, soltó la siguiente maldad: «Aira no existe, es un pseudónimo: todos los escritores malos de la Argentina le envían sus novelas y él las firma.»
Es un comentario injusto, porque a casi todas las novelas de Aira que he leído les puedo encontrar algo positivo, es un escritor muy curioso y original.
En cuanto al diamante, es cierto que es una forma alotrópica del carbono, como lo es el grafito, mucho más modesto en fama y propiedades. Pero qué lección de humildad saber que en esencia el grafito de la mina del lápiz es en esencia lo mismo que el diamante y que de hecho es posible convertir el primero en el segundo emulando las condiciones extremas de presión y temperatura en las que se forma el diamante
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