El cosmos nos maravilla, pero acaba angustiándonos: no defiende o amuebla nuestra soledad, sino que subraya nuestra insignificancia. Disfrutamos contemplando las estrellas y más aún, las constelaciones, y un objeto inventado por el hombre como es el Hubble —qué diría Spinoza ahora— sigue enviándonos imágenes maravillosas de lo que hay más allá. Pero la sospecha es que en ese más allá también está lo que no somos: nuestra disolución. En el mar está la vida y está la muerte, pero no nuestra disolución. En eso podría ser una metáfora del paraíso y quizá por ello frente al mar algunos escribimos más y contemplar el mar nos incita a la escritura y no necesariamente en su vastedad —la que se funde en el horizonte— sino en los detalles, tantas veces.

Ante la contemplación del cosmos caben dos posturas fundamentales: la científica o la filosófica. Ambas vienen fuertemente influenciadas por una copiosa cena previa regada con vinos de la tierra. Ahora que lo pienso existe una tercera opción ante el cosmos, la opción literaria, poética, que ha dado lugar a toda una familia de poemas, los contemplativos, como este de Jorge Guillén que habla de nuestro modesto suburbio
Hay diferencias en la contemplación del mar, como apunta el autor. El mar, y en esto es distinto al cosmos, puede ser observado en rangos muy distintos, distintas porciones, no es lo mismo la visión del mar abierto que una calita, más razonable. En el poema ‘Le gustaban pocas cosas’ de Manuel Alcántara, el poeta enumera las pocas y sencillas cosas que le gustaban a su padre y entre ellas está la sensata contemplación del mar:
Le gustaban pocas cosas:
el alcohol y las ventanas,
el mar desde la colina,
el mar dentro de la playa,
el olor de los jazmines,
los libros de madrugada,
el sol, el pan de los pueblos,
Quevedo, recordar África,
las noches y los amigos,
el verano, y tus pestañas.