El avión sigue subiendo,
rebasando bloques de nubes, hasta que abajo el mar y la tierra ya no se
perciben apenas, solo hay un lecho de colores verdosos y cian, un asiento
amable y en calma. En poco tiempo alcanzarán la altura máxima, en torno a los
doce mil metros, con una temperatura exterior de unos cincuenta grados bajo
cero. Muy cerca de allí, a apenas cinco kilómetros más de altura, se localiza
la capa de ozono. Entre los quince y los cincuenta kilómetros se despliega esa
zona de la estratosfera terrestre, que concentra el 90 por ciento del ozono de
la atmósfera, absorbiendo la mayor parte de las radiaciones ultravioletas de
alta frecuencia. Es imperceptible, con un espesor de apenas cinco milímetros,
pero su efecto es determinante para la protección cutánea y ocular del hombre.
Como también, desde aquí, es imperceptible el efecto del calentamiento global.

Así de finita es la capa de ozono, y más fina aún si
estuviera sometida a la presión normal en la superficie terrestre. Muy débil,
muy tenue, 5mm, ni se os ocurra echaros desodorante o laca en un avión. Que
nuestra salud cutánea o la estabilidad climática de nuestro planeta dependan de
un escudo de 5 milímetros da muy poca seguridad, la verdad.