Se preguntaba por qué no se hundía el barco. Estaba tan poco habituado a pensar que encontraba novedosa y entretenida la actividad mental. «Tengo que salir más», se decía. Debía de haber, suponía, razones físicas claras y contundentes para que una nave, aun siendo más pesada que el agua, no se fuera a pique. Pero cuáles eran esas razones, era otro cantar.

Seguimos con las secuelas de haber leído a César Aira. Forzando, por qué no reconocerlo, su aparición en estas líneas, igual que le fuerza las tramas y parece que se reta a sí mismo en los temas que elige para sus novelas. El responsable de que los barcos no se hundan es el principio de Arquímedes , bastante conocido, la fuerza de empuje y todo eso. Quien haya arqueado la ceja ante la ignorancia del santo de la novela que se pregunte por qué vuelan los aviones y verá que la respuesta, aunque incluye también la fuerza de empuje, no es tan sencilla. Afortunadamente, esto es una de las cosas que nos hace más humanos y nos separa de los animales, no necesitamos saber hasta el útlimo término cada uno de los avances tecnológicos que usamos en nuestro día a día
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