El
remedio que ofrecen los intelectuales, el Conocimiento, es estúpido.
Si usted conociera ahora todos los secretos de la mecánica o de la
ingeniería y de la química, no sería un adarme más feliz de lo
que es ahora. Porque esas ciencias no son las verdades de nuestro
cuerpo. Nuestro cuerpo tiene otras verdades. Es en sí una verdad. Y
la verdad, la verdad es el río que corre, la piedra que cae. El
postulado de Newton... es la mentira. Aunque fuera verdad; ponga que
el postulado de Newton es verdad. El postulado no es la piedra. Esa
diferencia entre el objeto y la definición es la que hace inútil
para nuestra vida las verdades o las mentiras de la ciencia. ¿Me
comprende usted?
Los
lanzallamas,
Roberto Arlt
Sí, sin duda la erudición
del primo Walter era más bien un lastre. Saber que el ojo humano
tiene siete millones de conos, no parecía un conocimiento que lo
ayudara a ver mejor, porque el primo Walter fue siempre bastante
miope. Saber que el rubor es causado por la dilatación de los vasos
faciales periféricos, no parecía tampoco servirle de gran cosa,
porque Walter se sonrojaba contra su voluntad a la menor provocación.
Saber, por último, que nuestro sistema nervioso tiene diez mil
millones de neuronas y cien mil millones de células gliales, no
parecía ya no digamos un dato que ayudara a nadie a ser más feliz
en la vida, sino ni siquiera un conocimiento que contribuyera a la
propia inteligencia del primo
Palinuro
de México,
Fernando del Paso
6.52. Sentimos que aun cuando
todas las ‘posibles’ cuestiones científicas hayan recibido
respuesta, nuestros problemas vitales todavía no se han rozado en lo
más mínimo. Por supuesto que entonces no queda pregunta alguna; y
eso es precisamente la respuesta
Tractatus
Logico-Philosophicus, Wittgenstein
¿Para qué afanarse entonces en estudiar la ciencia?






























